Tu vuelta, la vuelta. Siempre he brindado por ello, porque se pueda volver, porque haya al menos una vez, aunque sea cada mucho, que podamos volver. Mis brindis y yo, es como cuando uno le pide deseos a la estrellas, se tornan de película, imposibles. Siempre es necesario irse para saber y tener el regusto de la vuelta, yo también me iré, pero no haré lo que tú, me llevaré todo yo conmigo, no dejaré nada por si acaso.
Breve has redactado tu vuelta, supongo que dejas lo más extenso para vivirlo, no quiero perdermelo, así que iré en tu busca. Si no he respondido es por motivos de trabajo por un lado, por otro, me he dado cuenta que ahora es cuando más miedo tengo a hablar de mí, eso será porque dejé de hacerlo hace un año. Pero aquí me tienes saliendo, y que no habrás conseguido de mí.
Siento la necesidad de explicar o explicarte hasta el más mínimo detalle que se me escapa por la cabeza o por el subconsciente, pero entonces quedaría como un loco y no quiero que tengas esa visión de mí. No quiero alargar más mi envío, quiero dejar cosas para vivirlas también como tú. Por cierto me gustó el video, el trazo, siempre el mismo, y quizás sea siempre así y no lo sabemos. Agradezco que te despidieras de los dos, le escribí y nos estamos acercando cada día más.
Ni siquiera guardo el borrón de la última carta, que precedía a nuestra depedida.
Pero me preocupa que aún no hayas contestado. Puesto que yo sigo esperando.
Espero que estés bien, y tú, también.
Tu última carta me hizo volver, lo necesitaba. Pero no volví porque asumiera que yo era el egoísta, aunque se que lo soy en buen grado. Para eso estás tú, y los demás para aplaudir por una obra de teatro, o dar un toque de atención si se necesita,por más queduela.
Y no hemos escrito porque hemos vivido, otra vez, más que nunca, mejor, no se, ni me importa, sólo se que he vivido, como diría Cernuda al morir. Como yo que ahora muero un poco más porque te vas, y puedo verme en aquella mañana que tanto me has recordado. Y malditas las mañanas o las noches que nos obligan a marchar por estar más cerca de un yo que nos pide romper con todo con tal de satisfacerse, acaso eso no es egoísmo. Pero no te culpo, es así, al final sólo cuenta uno mismo. Y yo mientras, me niego a aceptar los vaivenes de la vida, sufro y me embargo hasta que al final los acepto sin más remedio,porque no soy nadie.
Te marchas acompañado, y yo me quedo, buscándole en un millón de sitios, pero mi historia no es la tuya, un fabuloso destino, que resuena hoy en todas partes, en cámara super rápida.
Tú no vas a volver, nadie lo hace, ya me lo recordaste a mí, pero sabes que aquí estoy, que no me muevo, que espero porque como diría un jefe de estación que conocí,nos hemos acostumbrado a esperar y es inevitable.
Cuánto y nada hemos aprendido, y crecido, aquí estamos asomándonos al hueco de otras edades, sintiendo como llegan las primaveras, eso sí aún con fuerza, porque nos queda tanto. Me ha podido, otra vez, como antes, mi decimononía que creía olvidada, pero es que sale siempre que se trata de sentimiento, debo terminar, no puedo más.
Nada te echo en cara, se feliz, yo lo intentaré.
Un beso y un abrazo colgado de la última rama de verano, para que no caiga antes de tiempo.
Volveré, ya todo me da igual, aunque quiero seguir luchando desde tan lejana distancia, sé que algún día las vías del tren se unirán y no habrá más camino, como el que había bajo tus pies esa mañana.
No volveré a verte, ni a saber quién eres y qué eres para mí, porque nunca llegaste a conocerme.
Egoísta. Y ahora eso queda o para ti, o para mí. El que lo debiera saber, ya lo conoce.
No se muy bien por donde empezar, a veces solo con empezar ya es suficiente, el desenlace llega solo, al menos eso dicen. Me da la sensación de que te escribo con la misma brevedad de antes, pero parece que no es así. Te envío esta carta con muchos asuntos en mi cabeza. Espero que no sea verdad ese odio que sientes a mí por diversos motivos, si no te conociera juraría que hablas en serio. Tus palabras suenan a nervios, agobios, orgullo, melancolía, despedida... Me gustaría que fuese verdad eso que me dices de que me estará viendo desde ese lugar suyo, lejano, estaría bien, a veces pienso que no hay nada más que me preocupe que eso, que me vea para poder verlo después. Quién sabe. Me alegra saber que habla contigo, y que estás ahí como si te llamaras Jesús o Ángel, pero no quiero ponerme cristiano ya sabes que no me gusta, lo detesto. Cualquier parecido queda muy lejos de la realidad. Pero como te decía no se bien por donde continuar. Perdona que no sea literario, aunque esta palabra –perdona- te moleste y la rehuyas como yo rehuyo otras. No puedo serlo, si no viene ella a buscarme, porque ya sabes que no puede ser de otra manera, da igual que uno se empeñe en ir y recorrer todos los sueños cada noche en busca, al menos, del hálito de su susurro. Ella es la que dicta quien está a su servicio y a mi parece ser que me ha despedido, no se si para siempre. Las cosas no son, ya, como antes. Nunca vuelven a serlo. Bastaba cuando era más joven con mirarla para que se quedase conmigo al calor de mi sangre, hasta que me clavase la espina que hacía correr ríos de esencias más intensas que las primeras, luego la cura, un tiempo y otra vez a empezar. Pero me cansé de jugar, de correr, del dolor, del vacío. No gozo del genio de maestros para traerla con el trabajo a mi cabeza, se está poco a poco alejando, perdiéndose conmigo en el mar de la incertidumbre. Leo tus palabras con la misma energía que escribo éstas, hoy, convulso, entristecido por quién sabe qué motivo en un día digamos inocente.
No me digas tú, amigo, que el Romanticismo ha muerto porque no lo creo, heredamos y vivimos con algunos de sus principios más que nunca. Sí es verdad que otros, quizás más importantes se han suplantando con los años. Es romántico apartar la mirada y dejarte brazo en alto, para recordarte aún fuerte, o no mirar por la ventanilla para imaginarte estoico y no dando la vuelta, o no derramar ni una sola lágrima y guardarlas para la vespertina soledad, eso es más romántico. El romanticismo se pierde, y te doy la razón cuando uno dice las cosas lejos de quien debe, a destiempo, o se equívoca dando rodeos para llegar al centro de las cosas, que es lo verdaderamente importante. Pero somos complicados. Igual que tú que no quieres hablar de despedida, y por ello y lo anterior debería disculparme pero no lo hago porque te molesta y es como si te estuviera mirando a los ojos. Pero es que no sabes amigo que aún no nos hemos despedido porque existe esta maldita correspondencia que me hace tomar café para no llorar, y obliga mi conciencia romántica de las cosas. La carta, el lazo que une dos puntos lejanos, aquello por lo que la despedida no se completa, ese folio por el que se espera una respuesta a unas preguntas planteadas de forma atemporal porque cuando la recibas ya no te preocupa lo que decías, y refrescar esas cosas, de algún modo, no es aconsejable, pero así es este juego. Quien deje de enviar este lacre, se habrá despedido, porque no sirve una carta de despedida, siempre puede haber otra que vuelva aunque no esté el receptor que despide. Además una despedida no se anuncia, se sabe todo lo demás, es curioso, es sabido que habrá una despedida en el andén, pero nadie habla de ella, siempre, ella sola, llega para marcharse tras del aire. Esta carta es la continuación de aquel raíl que nos separó solo en unos pocos sentidos pero quedan el resto, quizás más románticos. Atento cuando la recibas, la llevará él, de traje, siempre a punto y atento y cordial y....te dará las palabras que mis ojos gritan, que mi voz mastica que mi soledad recoge con una café bajo una luz melancólica. Esta carta tampoco tendría sentido si no supiera que recibirá respuesta, porque aquí comienza la tuya.
En las despedidas se encuentra uno con la razón de ser; de no ser importantes jamás nos despediríamos, o jamás tendríamos despedidas, o a quien despedir. Un pequeño hormigueo avisa de que ya es la hora de no encontrarnos por nunca jamás. Pues mejor aún, además observo que no lees mis cartas con la intensidad que se merecen. Siempre me ha gustado jugar, y ahora que tú juegues conmigo me cuesta una barbaridad. Aquel que se fue sin despedir no tenía motivos para hacerlo, siempre tenía motivos para estar con aquellos que amó. Por suerte o por desgracia él estará viendo tus éxitos, numerosos, te lo digo yo; y tus fracasos. De esos se preocupa muchísimo menos, porque sabes que ésos son pasos necesarios en esta vida, pero los éxitos son pasos que uno da voluntariamente buscando más fracasos. Ésos los valorará más. Me lo dice a mí, me dice que tengo que permanecer a tu lado, para que los dos aprendamos con dureza lo bella que es la vida.
Dar por sentado que el hecho científico de que tú y yo sepamos el uno del otro física y moralmente me enorgullece mucho. No haría este tipo de proyectos con otro que no comprendiese mejor mi propia alma-espíritu. Lejos de mi andén están los temas llamados delicados, nos sobrecogen, nos hacen madurar y llorar. Reír es poco, pero sí se nos liberan endorfinas que causan que los músculos a ambos lados de tu boca se muevan. No. No eches la cabeza hacia atrás, como sueles hacer cuando no te crees algo, cerrando los ojos pensando que vivo obsesionado con mi rigor mortis peculiar. No creas que algún día voy a olvidar todas las miradas de todos los médicos-verduleros intentando buscarle resultados al extraño movimiento de mi media cara, dejando irreversible la otra del todo. Miles de voltios harán que vuelva a estar como antes, pero como bien dices, cuando alguien se va vuelve otro vistiendo su cuerpo, por lo que nos ha ocurrido y por todo lo que hemos pensado mientras ese tiempo transcurrió.
Un dolor agudo es lo que siento cuando tengo que agitar la mano para decir adiós. Mano que atrofia los dedos que no se sacuden en la niebla mañanera, y no porque rime, también altanera. Una despedida en el mes de las hojas rojas. El mes más bello, el mes de más vello; ambos sabemos que las féminas con tanto pantalón en invierno no se molestan en quitarse los bellos cabellos. El Romanticismo ha muerto con las novelas de las zorras oportunistas quiosqueras. Y tú hacia un lado, sin querértelo creer, y yo de pié agitando el brazo hasta que el revisor lo llamó para que vinieran a buscarme. Sal de ahí no andes solo que el silencio de la noche levanta suelos y deja escapar sombras que suenan a muerte que silban órganos de iglesias viejos que zozobran (esta es sonora) sin querer solventar la apariencia de espectros y buscar sus lados positivos desde el punto de vista de una mosca en el dedo inerte de un sobrio transeúnte que siembra dolor como un segador con cada movimiento de su mano. Ambos están presentes, la mano ejecutora y la guadaña de la muerte, para dejar sitio a las nuevas simientes, para desplazar las viejas a un perfecto rollo de heno que después será usado en cualquier lugar para que las flechas no se claven o escapen lejos de la diana preparada por la señora depiladora que ahora ha buscado trabajo de Robin Hood woman porque durante el invierno el cabello no se corta. Todo desde el pedestal de la estación; un gran reloj diurno y nocturno, nocturno y diurno no se puede controlar y no puede controlar el impulso de adelantarse para que yo que llevo días agitando la mano crea que sólo han pasado dos minutos. No me quedaré viendo como mi me despedida se convierte en una tragedia y ni siquiera esperé a que arrancasen los motores porque no vi necesaria una despedida. Porque siempre te veía cada vez que quería y te veré como yo quiera y no como tu creas que te tengo que ver después de haber alimentado el depósito del tren con el dinero de tu billete, y haber alimentado el billete con la tinta de la maldita impresora que obviamente no hubiese hecho nada si no hubiese habido nadie en la taquilla para vendértelo; tampoco te hubieses ido si las cosas cantasen de otra manera y tampoco te hubieran traicionado en el momento antes de decidir que tú sólo tenías que embarcarte en un viaje bien sabido de penas y glorias. Pero el iba a estar orgulloso de eso, no lo dudo. Te detesto a ti por hacer que mi cara se retuerza, te detesto por hacerme hablar de despedidas y te detesto por decirme que preferías otras cosas, en vez de escribirme una contra respuesta literaria, porque todo lo que sale de mi impronta pluma lleva mi sello, y todo lo que es mío es único, incluso tú.
Te odio por llenar mis oídos de basura cochambrosa por no hacer de mí un ente tolerante, por no querer cambiar al otro que en realidad está bien, por no decirme las cosas antes de haberte ido. Y por haberte conocido sólo puedo decir que jamás hubiese sido tan feliz sin tu presencia que lee estas cartas escritas sólo por ti.
Andaba buscándome por aquella urbe, algo mayor que la ciudad familiar que dejé hacía menos de una semana, perdido entre calles de políticos y ministros que mi sentido confunde de época sin suponerle ninguna aberración. Todos me suenan igual, y si ese fuese un juicio que tuviera que dirimir otras cualidades de ellos, no diría mucho al favor de tanto honorable. Regresaba al piso casi periférico y me encontré con un señor algo envejecido, desocupado hasta de ocio que con seriedad me irrumpía en el hall del bloque para preguntarme si yo era fulano y si vivía en tal piso, me limité a contestar como si de la policía se tratase, para que andar discutiendo con alguien que solo tiene el rol de vecino. El motivo, tenía una carta para mí, el cartero se la dejó a él porque lo conocía de bastante tiempo y no sabía donde iba esa carta que no correspondía con el membrete del susodicho piso.
Que sorpresa. Era él. Él que ahora se ha marchado, entonces en aquella carta, me hablaba de despedida. Cómo es la vida, de una forma u otra siempre conocerás los dos lados de la moneda, antes o después. Yo también supe, una vez, lo que era despedir a alguien querido. Le contesté con las ganas del café y el calor de mi habitación, no tenía planes aquella tarde para la ciudad y tampoco para mí.
Estimado amigo:
Me ha sorprendido la rapidez de tu carta, y un poco por qué no decirlo el texto. Siento la fuerza de tus palabras, esculpidas para siempre en ese papel. Te agradezco las líneas que me ocupan en tu carta, no sabía que fuese motivo de tanta convulsión. Con respecto a mi vuelta, no se si volveré, es algo que tiene que decidir el tiempo. De alguna forma no volveré, pero tampoco tú estarás, aún así siempre he creído que algo permanece y es ahí donde nos encontraremos.
Tampoco mi despedida fue fácil, no fui capaz de mirar en horas por la ventanilla, me mantuve inmóvil, con los ojos cerrados como queriendo salir de allí. Verte en el andén y a los demás y a ella, de pie, notando como algo de mí se quedaba, y no era lo suficiente porque otra parte se marchaba inexorablemente más y más a prisa. Supe entonces lo valioso que era verte en carne y hueso, y discutir y enfadarnos y decirte hasta mañana. Os busque más allá de donde alcanzaba la vista sin conseguirlo, quise gritar para ver si llegaba el eco, pero tuve que ser, como algunos dicen cívico, -eso es lo que nos está matando-. Nada podemos hacer contra lo que nos dicta nuestra conciencia, somos más allá de nosotros, hay algo dentro que pelea por conseguir realizarse, como si fuese su misión por encima de los demás, por eso me marché. Y aquí estoy dando gracias a la despedida porque significará que siempre hay tiempo de volver a vernos, brindo cada noche con rioja y brindaré porque siempre haya un reencuentro. Sabes que por eso nunca digo adiós, sólo un tímido hasta luego que casi no suena, anhelante, porque me da miedo volver la cabeza, doblar la esquina y no saber que será verdad, que quizás no te encuentre. Soy de los que miran atrás, aunque a veces me contenga.
La despedida es ese largo abrazo que no cierras, hasta el reencuentro, es la cara y la cruz de la lágrima que cae con peso distinto y no sabe por donde caer, es un montón de cosas en la cabeza que se quedan sin decir mientras sólo se escapa un palabra de la boca, es una mirada que no parpadea, hasta ver otra vez el mismo horizonte de tu cuerpo.
Creo que siempre hay lugar para el reecuentro, en algún lugar por difícil que sea, tu lamentas que no esté, y yo recuerdo ahora que para mí no estás, pero te veré, sin embargo a otro, no lo veré jamás, al menos espero, hasta ese momento del que te hablaba. Hay de aquel que ni siquiera ha podido despedirse de quien quiere, porque le queda la conciencia de no saberse tranquilo, de no haber terminado algo por complicado que fuera más allá de lo protocolario, por eso siempre habla sólo, o busca sabiendo que no encuentra o incluso ve donde no hay nada.
Esta carta se está haciendo más complicada de la cuenta, demasiados recuerdos en mis ojos y mi falta de fuerza reclama una cena caliente. Te escribo desde la confianza que tenemos, esperando siempre ayudarte y recibir respuesta.
Un fuerte abrazo amigo.
Nunca haré mudanzas, nunca empezaré la vida, otra vez, en Octubre, es un mes nostálgico, siempre hay una gota de agua en cada hoja que cae y pisa el autobús que pasa tarde por la avenida mojada, mientras la ventana o el cielo se cubren de vaho, los niños juegan en los charcos y los paraguas los dobla el viento. Dicen que es un mes bueno para los escritores, porque les inspira.
>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>Nadie estuvo más asustado del hombre, que yo mismo del mismo hombre que mora en la casa de enfrente
Nunca empezaré a dirigirme al gran señor al que alabo con una positividad tremenda. La lentitud con que mi mano resbala sobre el lienzo, me sorprende a mi mismo; de igual manera la ene será negativa como ella indica al principio de su palabra. No me gustaría empezar de esta manera la agradable propuesta que no me dejaste hacer cuando nos abandonamos mutuamente en el andén solitariamente poblado de frío. Escribir. De esta maldita forma, harto conocida por los negativos analistas haré que la locura de mi mente no me haga parecer loco a juicios exteriores. El miedo que siempre se tuvo al enviar una. Cuántos antes que tú leerán esto, amigo.
Cuántos antes que yo, leerán la ansiada respuesta que viene corriendo por valles y por pendientes. Cuántos. Discutimos, porque así lo deseaste, sobre la privacidad de nuestras almas que se vuelven libres por medio de nuestra voluntad. Ahora, es mi voluntad porque deseo que leamos juntos las vidas del otro, que con nuestras putrefactas lágrimas hagamos que ríos de tinta corran calle abajo como el niño que ve cuesta descendiente y se lanza con bicicleta maldita que le va a llevar a llorar ríos de lágrimas, siempre afluentes de los previos, la madre le reñirá sobremanera exagerada porque le ha manchado el uniforme privado, privativo, esclavizante, árido. Seco. Cuadrado.
La rueda dando vueltas sin parar, sin parar el niño se lanza a la cuesta en pos del barranco, que él sabe está ahí. Un sufrimiento interno, repentino e impulsivo hace que sus manos se dirijan hacia las manetas de freno para poder detener la controlada caída en desmedida.
Suerte que no he bebido nada, miles de gentes me preguntarán por mi pequeña enfermedad, si va mejor si va peor, ya por lo menos no dejo que mi baba recaiga sobre mi hombro, la verdad que eso retenía a mucha gente a la hora de hablar conmigo. Mí esperanza murió en el momento que el líquido resbaló por la comisura de mi boca, por todo mi cuerpo, de manera sucia, estrambótica y llena de parches porque cuando caí del vehículo me di cuenta que estaba perdiendo el control de la situación, mi vida, la vida cambió cuando mi cara expresaba el medio engaño de la felicidad naïve pertinente que habitaba en los radios de las ruedas de los rodamientos que rudamente rasgaron el ralo aroma de porrazos contra el cubo de la basura.
Fue un dolor muy grande el que yo sentí sin que nadie anduviese por las calles a solas, no me hubiera importado ir a tu hombro como chiquillo enamorado, pero tú no estabas.
No imaginas cuánto sufro porque mis sobres de azúcar ya no acompañan al tuyo en la mesa al lado del cenicero nunca ensuciado, porque tú eras mágicamente limpio, inmaculado-como tu trabajo. Era por eso que yo buscaba la seda de tus pañuelos, el calor de alta chimenea corporal y el lado pulcro que empujaría tu ternura hacia mi herida, donde yo sentía afortunado por haber caído, era el elegido, pero tu no estabas. Fue cuando recobré el recuerdo de mi lágrima en el ojo derecho presagiando la desgracia facial presagiando que mi grafía sería lo único que te gustaba de mí, repudiando la persona que tristemente te buscaba mientras su caliente baba resbalaba sobre su pecho arañado y limpio, y llegaba hasta la nunca más rodilla limpia.
No se fue sólo mi amigo en ese tren, sino toda mi vida y con ella la mitad de mi cara. Y la certeza de conocer que jamás ibas a volver.
No le ha ocurrido que va por la calle corriendo, rutinario, perdido, agitado por el mal despertar, una discusión o simplemente la lluvia que no tiene culpa más que de caer incansablemente, callejeamos en busca de algo que no existe, que no es más que el consuelo de no saberse solo. Todo al alcance del hombre en la gran ciudad, médicos, funcionarios y oficinas (que te hacen perder lo más valioso el tiempo), supermercados que te sacan hasta el último céntimo del bolsillo roto de la cartera, bares de copas e iglesias templos del desconsuelo y la prédica, centro y centros -gyms, abogados, reparaciones,etc-y partidos de centro, y ¿donde quedan los extremos?, todo al alcance, incluso la pobreza, el mal, el vicio, todo.....menos el auxilio de una mano carnal que te saque del oprobio urbano, que te lleve al fin del mundo o de la imaginación.